Homoparadoja, nuestra especie

Necesitamos nombrar el mundo. Referenciarlo. Es inevitable, de lo contrario entenderíamos menos de lo que ya entendemos. Que es más bien poco.

“Tú eres rojo”, “y tú un pijo”, pues “tú un empollón” y “tú un conformista”. Y así, por categorías, nos vamos cuadrando, colocando, inmovilizándonos y apegándonos a quienes como nosotros son rojos, pijos, empollones o conformistas. Y, sin darnos cuenta, nos vamos simplificando, excluyendo y alejándonos de otras categorías que, por ser lo que nos hemos nombrado, ya nunca podremos ser. Y un rojo no será egoísta, ni un pijo solidario, ni un empollón sociable, ni un conformista protestón. Sin embargo, hay muchos de esta especie, homoparadoja. Sigue leyendo

Europa envejece y el mundo árabe rejuvenece

Mientras que Europa se preocupa de su futuro demográfico y de dar sostenibilidad a sus pensiones por el progresivo envejecimiento de su población, el mundo árabe se compone de una mayoría joven que está agitando las tendencias sociales, las maneras de movilizarse a través de Internet y las aspiraciones de países en los que, como ha reconocido la jefa de la diplomacia, Hillary Clinton, ya no tiene vigencia el status quo. Sigue leyendo

Nos engañaron

Nos dijeron que era cuestión de esfuerzo y de portarse bien y entonces sería posible conseguirlo. Si comíamos todo el plato de verduras, podríamos tomar de postre un Petit Suisse; si ordenábamos los cajones saldríamos a jugar al escondite; terminar los deberes tendría un positivo en clase; sacar una carrera un contrato fijo y casarse era para toda la vida. Sigue leyendo

Estimada Mercedes Milá:

quisiera darte las gracias por erigirte, quizá sin tú saberlo y pretenderlo, en representación de ésta, nuestra humilde profesión; por tu hacer en este oficio dedicado a intentar descifrar la realidad, sin tener en cuenta que hay más realidad que la que uno ve con sus propios ojos. A menudo son realidades incompatibles, pero probablemente ninguna de ellas falsa y todas se merecen la misma visibilidad.

No me refiero a tu labor como presentadora y comunicadora, que honestamente valoro, donde la objetividad y la imparcialidad que se le presuponen al periodismo no tienen por qué estar presentes. A un show de telerrealidad se le exigen otras cosas, como la audiencia, y no tengo ningún problema en que mezas a los concursantes de Gran Hermano que te plazca y destrones a los que menos gracia te hagan.

Hago un inciso para disculparme. Lamento pronunciar sólo tu nombre, porque en realidad me dirijo a la esencia de tu cadena y a todos aquellos pseudocientíficos que parten de una hipótesis, la suya, y se dedican a buscar pruebas y testimonios para apoyar esa hipótesis independientemente de que por el camino encuentren otras pruebas más que contundentes de que la hipótesis no tuvo razón de ser. Un poquito de tomate, un poquito de perejil y lo saco en forma de reportaje. No es que el periodismo sea una ciencia, pero las normas básicas del razonamiento deductivo contemplan tanto la aprobación, como la refutación de la hipótesis y, ante todo, la honestidad del científico para mostrar los resultados verídicos que ha alcanzado.

Digo esto y con perdón, porque ayer te mentaron tantas veces que hoy he soñado contigo. Lo único que pretendía era recoger el testimonio de los residentes de Almaraz, Cáceres, para ilustrar un reportaje sobre las centrales nucleares en España. De esos trabajillos insignificantes que hago, sin apenas audiencia, con la única intención de intentar mostrar la realidad que me muestran, no la mía (para la mía ya tengo este blog), y dar una clave que nos permita entender el mundo en el que vivimos. Pero cuál debió ser tu paso por allí, que todos te recordaban con tal presencia que se negaban a hablar conmigo. “Para que luego pongas lo que te dé la gana”. “¿Qué quieres que te diga, si luego nos ponéis como tontos?”. Cómo recordé a mi gran amiga y periodista, Gema Maldonado, cuando insistía en nuestras conversaciones de cola-cao y galletas “¡Qué injusto es generalizar, Laura, qué injusto!”. Confieso que no tenía ni idea de la existencia de esa historia, con formato de reportaje, que hiciste. Supongo que se emitiría en “Diario de…”, pero ahora se me han quitado las ganas de verlo.

Cría fama y échate a dormir. Cuando comencé la carrera de periodismo, se estaban dando los primeros pasos de esta nueva forma de la profesión llamada “espectáculo”; los periodistas comentaristas crecían como champiñones. Por aquel entonces el programa insigne del periodismo se llamaba “Tómbola”, madre todopoderosa de los formatos que hoy vemos en televisión. Popularizaron los gritos, los rumores, las injurias y los juicios de valor. Entonces, cuando hice público en mi entorno que estudiaría periodismo, me preguntaban si quería ser como Karmele y mi perplejidad no me permitía verbalizar lo que pensaba: “qué carajo tendrá que ver el periodismo con esto”.

Nos costó unos años entender que no todo lo que salía en un medio de comunicación era periodismo y aunque tuvimos que hacer un ejercicio de aprendizaje, creo que se llegó a comprender que una cosa era  información y otra, espectáculo. Pero ahora estamos en una nueva fase, a mi parecer, más peligrosa. Donde todos los formatos se mezclan. En los informativos y en los programas de variedades. El periodista ha sido sustituido por el comentarista/yo te cuento mi vaina y, a su vez, la noticia o información dejó las 5w para quedarse en “qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte“, y yo cada día, en esta nuestra humilde profesión, me enfrento a una desconfianza creciente por parte de mi fuentes, y con razón.

Pues lo dicho y no me entretengo. Gracias compañeros por dignificar esta profesión.

Pase y pregunte

La filosofía es el arte de preguntar. Su objetivo no es llegar a algo sino recrearse en el mero hecho de hacerlo mientras despertamos la mente en la reflexión, el conocimiento, y , añado yo, en la felicidad. Porque entender lo que ocurre, el mundo, a quien hablamos, quien nos escucha, o al menos intentarlo, es también una manera de desarrollar la empatía y esto mejora las relaciones que tenemos con los demás y con el entorno. En el mundo esquizofrénico en el que vivimos a veces es complicado encontrar este tipo de espacios y mucho menos encontrarlos en un medio de comunicación, por eso, y por su pragmatismo (no se pierde en cuestiones eternamente debatidas), agradezco que haya un programa como el de “Tengo una pregunta para mí”.

Por poner una crítica diré que me sobra alguna moralina al final del programa o la presentación de algunos personajes notoriamente identificados para que su opinión prevalezca sobre las demás. Pero es tan amplio, y diría que necesario, el espectro sobre el que permite reflexionar  (“la tauromaquía”, la “corrupción política”, “la educación”) y lo hace desde una perspectiva tan inusual, dando pie a pensarlo dos veces, que me resulta una bomba de oxígeno entre tanto discurso desquiciado.

Pase y pregunte … AQUÍ Y AQUÍ , la respuesta a estas alturas es lo demás, lo importante es encontrar un interlocutor que escuche y a quien escuchar.

Que hablen las bases

Una de las reacciones que más me contrarió y ofendió cuando a principios de año comenzaron a hacerse públicos miles de casos sobre pederastia perpetrados dentro de la Iglesia Católica fue la no reacción. Principalmente, la pasividad de sus bases. Que no escucháramos un posicionamiento defensivo dentro de las comunidades cristianas, que no salieran a la calle, como han salido en multitud de ocasiones, para reivindicar una limpieza estructural de su jerarquía. La cantidad de abusos cometidos en un número significativo de países lleva a pensar en un sistema lo suficientemente corrupto como para propiciar la impunidad de este tipo de delitos. Es necesaria una revisión y una reestructuración de la Iglesia y creo que son sus fieles los primeros que deben pedirlo.

Ahora, con las ofensivas y amenazas globales que recibimos constantemente en boca de altavoces pro-islámicos, vuelve a crisparme la pasividad de sus bases. Sobre todo, porque son estas amenazas las únicas que se escuchan de forma global y resonante y por tanto las que están dando visibilidad al supuesto mensaje del Islam. Para algunos es la única referencia que les acerca a esta religión monoteísta y la única manera de acallarlos es que el groso se escuche por encima de los cuatro extremistas.

Porque estoy convencida de que las religiones son de sus fieles. Ya sabéis que me cuesta creer en la existencia de Dios en el mundo empírico, pero lo que no dudo es que Dios existe en el pensamiento de cada uno de sus creyentes, y no tendría sentido hablar de él, sino hubiera individuos que le dieran significado. Por tanto, son ellos los que deben construir su mensaje.

AMPLIACIÓN: Escribí estas líneas antes de asistir a la Conferencia “Geografía del Islam” que se impartió ayer lunes 6 de septiembre en Casa Árabe y vengo con el chiringuito desmontado, porque uno de los temas que allí se plantearon fue la ausencia de una jerarquía homogénea dentro de la religión musulmana. ¿Cuáles son por tanto los interlocutores del Islam siendo esta religión genéticamente plural? Así lo planteó Jordi Moreras, sociólogo y antropólogo, especialista en Islam, quien sin llegar a una conclusión construyó un discurso en un torno a un eje condicionante: “Más allá de los escrito, está lo vivido”, y desde esta dimensión tenemos que entender la pluralidad y la variedad como una característica interna de las religiones y sus mil caras.

Pero ¿por qué sólo escuchamos las voces de los radicales, que normalmente responden a intereses políticos más que humanos? Creo firmemente en que la apropiación de la religión por parte de las bases mejoraría mucho su interrelación con la sociedad, porque nunca construirían una religión contra su propio bienestar.

La instrumentalización de la religión ha sido uno de sus detonadores, y cabe pensar que quizá comenzaron a existir sólo por eso y para eso, al fin y al cabo, y como reconoció Morera, las corrientes doctrinales tuvieron que ver con la institucionalización de la religión por parte de la política. Que dejen hablar a las bases.

Abraza a su asesino (Mahmud Darwish)

Abraza a su asesino para lograr su clemencia: ¿te enfadarías mucho conmigo si sobreviviera? Hermano… hermano: ¿qué he hecho para que me asesines? Dos pájaros vuelan sobre nosotros, apunta hacia arriba. Dispara tu infierno lejos de mí… ven a la choza de mi madre para que te prepare las habas. ¿Qué dices? ¿Qué dices? ¿No soportas mi abrazo ni mi olor? ¿Estás cansado del miedo que me habita? Entonces arroja ese revólver al río. ¿Qué dices?… ¿Un enemigo en la ribera del río ha dirigido su metralleta hacia el abrazo? Entonces dispara contra el enemigo. Escaparemos juntos de sus balas y escaparás de tu delito. ¿Qué dices? ¿Me matarás para que el enemigo vuelva a su casa/nuestra casa y tú retornes al juego de la caverna? ¿Qué has hecho con el café de mi madre y de tu madre? ¿Qué crimen he cometido para que me asesines, hermano? No desataré la cuerda del abrazo. No te dejaré.

Cuando la Justicia no es justa

El caso por el que el juez Baltasar Garzón ha tenido que declarar hoy, y por tercera vez, ante el Tribunal Supremo, me ha hecho recordar una de esas sentencias sobre la que tuve que escribir hace tiempo, por ser noticia por sí misma y no por los hechos que juzgaba.

El fallo de la sentencia absolvía a dos personas que habían sido detenidas en el aeropuerto de Lanzarote con alijos de cocaína. La autoría del delito estaba demostrada ya que la Policía detuvo a estas dos personas, como quien dice, con las manos en la masa, pero la investigación había sido “ilícita” porque se enteraron de esa llegada a través de unas escuchas telefónicas consideradas ilegales. Para más detalle, la Policía estaba investigando la llegada de esa droga y, dentro de la investigación, pidió autorización al Juzgado para pinchar los teléfonos de los presuntos traficantes. La autorización para pinchar los teléfonos es temporal y, en este caso, el juez había autorizado las escuchas, creo recordar, que por 15 días. La Policía, sin embargo, necesitaba más tiempo y amplió la investigación, pero se olvidó de solicitar una prórroga de las escuchas telefónicas al juez. Cuando esas escuchas fueron presentadas como prueba en el Juicio, el juez las consideró ilegales por estar fuera de plazo, las pruebas se invalidaron y los autores quedaron absueltos.

Qué perrogullada que la Justicia, cuyo fin es detectar al autor de un delito y condenarle, no condene aún sabiendo que es el autor, ¿verdad? Pues así, mal que nos pese, es como se mantiene un Estado de Derecho. Porque la Justicia tiene que salvaguardar todos los derechos y consentir unas escuchas telefónicas no es cuestión baladí. Por tanto, si hubiera aceptado como pruebas unas escuchas que no fueron autorizadas estaría flexibilizando la posibilidad de realizarlas. Es una manera de decir que el fin no justifica los medios y esto, para mí, es el principio más lícito en el que se puede basar la Justicia.

Digo lícito, porque “justo” tiene unas connotaciones morales, por las que podríamos decir que no es justo que alguien que ha cometido un delito no cumpla una pena, pero lo cierto es que es lícito, porque se ajusta a la ley, a Derecho, no juzgar sin pruebas.

Garzón ha declarado hoy ante el Tribunal Supremo porque autorizó unas escuchas durante los encuentros que mantenían los imputados del caso Gürtel con sus abogados en la cárcel. Esas escuchas arrojan información relevante para juzgar el caso y puede ocurrir que sin el contenido de esas conversaciones algunos delitos queden sin juzgarse. Pero el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ya las ha anulado y no las va a tener en cuenta para instruir el caso. Los imputados se han querellado contra Garzón por haber autorizado esas escuchas y ahora Garzón podría ser condenado porque, de nuevo, el fin no justifica los medios. Ahora, el Tribunal Supremo estudiará esos medios y decidirá si había motivos suficientes para permitir o no esas escuchas.

Qué difícil es entender, a veces, el Estado de Derecho… y qué injusto.