“Cómo dejarse de querer y de que te quieran”


Para hacer los aljafores, tendría que haber comprado la levadura, pero atravesó la sección de lácteos cegada por llegar antes de tiempo al pasillo de bebidas. Pensaba más en encoger los recuerdos, como el agua de la lavadora había encogido las mangas de su chaqueta blanca perla, con la que se tapaba las manos en la cola de la pescadería, ante la que temblaba en invierno, y en verano. Aunque su primera misión en el mercado era endulzar ese sabor agridulce de las últimas semanas, pagó con tarjeta de crédito un Cabernet Sauvignon de Enrique Mendoza.

 

Finalmente, de nada sirvió la logística desplegada entre el salón y la cocina. A un lado el hilo musical de Frank Sinatra y una evocación al asfalto de otra época; al otro los fogones de una antigua cocina. Se había opuesto a la vitrocerámica, enemiga como era de los cambios. Bastante tenía con un tinte al mes en la peluquería. Las claras de huevo ya estaban batidas y la harina blanqueaba la pila, parte de la encimera y la punta de su nariz y su barbilla. Pero lo único servible del mostrador era la copa de vino, más grande que su boca como buscando el ahogo, que acompañaba las escasas jornadas de cocina. Una a la semana para sí misma.

 

A falta de aljafores, comenzó a pintarse las uñas. A recortar y limar los picos que sobresalían de las yemas y se enganchaban a cada una de las faldas en las que nunca entraba, por una ansiedad no reconocida. Los bocados de bollos industriales antes de dormir compensaban una dieta baja en calorías que, en realidad, le hacían acumular hambre y frustración, enmerengada a las diez en punto de cada noche, incluido los fines de semana.

 

La jornada anterior no había tenido pesadillas. Las últimas semanas se había despertado con su propio grito y la almohada sudada. Uno de los martes, se vio amarrada a la cortina y decidió bajar la persiana, que dejaba cada noche abierta esperando una ronda de amor. Los tunos no le hubieran parecido desfasados, si hubieran cantado bajo su ventana. Maldecía los protocolos que no le fueran dirigidos a ella misma. Es decir, maldecía todo.

 

El rojo de aquellas uñas le pareció demasiado intenso para llevar a cabo su próxima tarea. Cruzar las manos, apoyar los codos en el sillón y esperar que algo fuera diferente. Cogió la acetona y rasgó con saña aquel color de puta.

 

Era arisca. Odiaba ser arisca. Cuanto más lo era, más arisca se ponía. Se maquillaba en exceso para taparse la comisura de unos labios descendentes y tensos. Porque nadie se había dado cuenta todavía de que el mundo estaba contra ella. De que el esmalte no era un mérito de seducción; ni era justo que la tiroides le impidiera bajar de una talla 46; ni que una herencia no consentida hubiera hecho de sus ojos dos rasguños imperceptibles, como dos escupitajos.

 

No fue, sin embargo, por herencia que dejara de hacer sopas de letras, empolvara todos los libros, ignorara la feliz historia de sus amigos y a ellos mismos, evitara pasar por los parques de los niños, y comenzara a escribir su propia historia y el ritmo de sus pensamientos con el mando de la  TDT y los reality shows. Fue todo un alivio encontrar a mártires como ella,  maniatados por una injusta existencia. Aprendió a aplaudir frente al televisor. 

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