Soy una víctima


Reconocer que alguien ha sido una víctima es tan necesario como arriesgado. La Ley de la Memoria Histórica aprobada por el Gobierno español tenía como objetivo dar voz a un dolor que fue acallado en favor de un pacto de resiliencia. Las voces opositoras de esta reforma alertaron sobre la posibilidad de que este reconocimiento fuera germen de odios y venganzas. Las víctimas a veces se equivocan al restituir el daño. Porque no es lo mismo reconocer públicamente la situación de víctima, que convertirla en una condición del individuo. Se es víctima con respecto a alguien o a algo concreto. Pero después de esto, no deberían tener cabida las especulaciones ni los resentimientos. Lo mismo ocurre con la pena: “Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella”, recuerda C.S. Lewis en Una pena en observación.

El pueblo israelí es el paradigma de cómo ocupar el estatus de víctima legitima cierta impunidad, tanto para el actor, como para los observadores. Las reacciones de las víctimas tienden a justificarse y esto puede otorgar una falsa carta blanca para amparar actos legal y éticamente cuestionables. Suele ocurrir que la condena a una víctima llegue tarde.

Luego, está la victimización como estrategia. El presidente, bajo sospecha, reelegido de Irán, Mahmud Ahdmadineyad, intenta convertir a su pueblo en una víctima ante el mundo para conseguir el apoyo a su discurso de  earme nuclear. La misma táctica sigue Corea del Norte. El régimen de Pyongyang mantiene a su población en una abducción victimizadora. Conscientes los dos de la licencia que les da ser víctimas. Víctimas son también los terroristas que sólo se manifiestan públicamente para reivindicar atentados y apelar a su condición de oprimidos. El día que escribo estas líneas, tres artefactos habían estallado en tres locales de Palma de Mallorca (y una cuarta explosión estaba siendo invetigada), tan sólo once días después de que murieran dos guardias civiles por un coche bomba, con el sello de la banda terrorista ETA (Euskadi Ta Askatasuna/ País Vasco y Libertad). Es la respuesta a la “represión” de las fuerzas de seguridad del Estado. “Represión”, dicen, porque su terminología es siempre beligerante y maniquea. Durante los días posteriores, un artículo de opinión de la psicoterapeuta, Victoria Mendoza, publicado en el diario Gara responsabilizaba a los políticos de los atentados: “No son los políticos quienes deben dete minar cómo resolver el conflicto, no tienen el derecho moral ni la confianza de todo un pueblo, porque no lo han sabido hacer desde un principio y porque, sobre todo, son ellos la causa principal de que haya violencia y motivos más que suficientes para que todas las partes estén encontradas en un conflicto que no tiene razón de ser, porque en ningún momento estánactuando con inteligencia y justicia”.  La falta de responsabilidad de las víctimas es otro de los rasgos característicos de esa condición institucionalizada.

Perdida tengo la cuenta de los artefactos que estallan cada día en Afganistán,Irak y en tantos otros países donde perviven movimientos que rentabilizansu condición de víctimas. Luego están esas víctimas anónimas que reparten en lo cotidiano escarmientos entre hermanos, madres, hijos y parejas con la impunidad de haber tenido una vida más dura – porque para unavíctima lo suyo denotará el grado sumo – que la del resto. Y mientras ser víctima sea una condición, todos tendremos motivos para el odio, porque todos hemos lo hemos sido alguna vez. La diferencia es que algunos decidieron dejar de serlo.

5 pensamientos en “Soy una víctima

  1. Fantástico post Lauri. Tan sólo un pequeño matiz: la resiliencia no tiene nada que ver con un pacto de silencio entorno a la víctima, eso es la anti-resiliencia. Los procesos de resiliencia pasan antes que nada por que la gente víctima de un trauma puede ser aceptado con el relato de su trauma en la sociedad. Y me temo que la transición ayudó a otras cosas, pero no a ésto.
    Besotes LindA!

  2. Estimada Laura,

    ‘ser’, esa es la ‘circunstancia’, tal y como señalas con el título de tu blog.

    ¿De qué hablamos cuando decimos ‘las víctimas’? Ese ha sido el principal reto de leyes como la de la Memoria en España y de comisiones como la Valech en Chile. Que el etarra se diga `víctima’ no le lleva a nada más que a la autocompasión y a la autojustificación de su odio. Que el represaliado político sea reconocido como ‘víctima’ puede aliviar la carga de otras ‘circunstancias’ como ‘tortura’, ‘exilio’, ‘silencio’, ‘cicatriz’, ‘violación’, ‘pérdida’, ‘pesadilla’… El reconocimiento puede abrir la posibilidad de una cierta redención personal y social, porque, en efecto, la víctima no es responsable de la barbarie que cayó sobre ella.

    AFORTUNADAMENTE, LAURA, NO TODOS SOMOS VÍCTIMAS Y PODEMOS GOZAR DE NUESTRA MEMORIA, DE NUESTRO CUERPO Y DE NUESTRA DIGNIDAD INTACTOS.

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